CUENTOS

Un brillo en la oscuridad

Beto era una rana simpática, al menos eso decían los que le conocían. Curioso y juguetón de nacimiento, solía nadar internándose en la laguna más allá de lo que cualquier rana adulta aconsejaría. Por lo mismo había sufrido más de un percance en su corta vida, pero como solía decir su abuela - el que no arriesga no cruza la laguna.-.

Por mucho tiempo Beto había observado un extraño brillo más allá del centro de la laguna. Desde la primera vez que lo vio en un atardecer otoño, no había podido sacarlo de su mente. Algo en esa luz le decía que era distinta a todos los reflejos y destellos que había visto jamás.

Noche tras noche trataba de nadar hacia ese maravilloso destello, pero noche tras noche cuando parecía que lo iba alcanzar éste desaparecía dejándolo pensativo, melancólico, y dudando si se había esforzado lo suficiente por alcanzar aquello que su corazón ya había comenzado a anhelar.
Una día finalmente el corazón de Beto no aguantó más y se zambulló con la decisión del que arriesga su vida en la hazaña. Comenzó a nadar hacia el centro de la laguna, nadó mucho, y mucho más de lo que recordaba haber hecho nunca. El destello ya no solo brillaba delante de sus ojos, sino que también en su corazón. Como nunca las aguas de la laguna se agitaban esa noche, poniendo obstáculos para que Beto alcanzara su meta.

Brazada tras brazada cada vez que sentía que se acercaba a su destino el viento celoso de su decisión obstaculizaba su avance levantando olas enormes. Pronto las fuerzas parecieron abandonarle, había nadado lo suficiente para reconocer que la vuelta fracasado sería imposible. Tomando una fuerte bocanada de aire hizo el último esfuerzo. Nadó, nadó, nadó, puso su vida en ello. El viento enfureció más su esfuerzo, aumentando el tamaño de las olas y empujando las nubes ocultando la luna.

Y la luna desapareció y la noche se hizo tan negra como la desesperanza.
Beto se encontró rodeado de oscuridad, no había arriba ni abajo solo negrura, cuando la oscuridad parecía que lo iba a tragar para siempre, un brillo más intenso que el sol y más acogedor lo rodeó. Un calorcito cogió su corazón y colmó su cuerpo. En lo profundo de la noche, al otro lado de la laguna había encontrado lo que buscaba. Una pequeña ostra mostraba su tesoro a nuestro héroe, dos perlas brillantes como lágrimas de ángel iluminaban la noche.
Cansado Beto se allegó a la orilla, no dejaba de extasiarse en esa pequeña ostrita que había logrado producir tan hermoso tesoro, pensó que el viaje había valido el esfuerzo, pero algo lo inquietaba, pues ahora entendía la razón del extraño brillo en la noche, pero no lograba explicarse el calorcito que sentía y que calentaba en esos momentos su helado cuerpo. Una vez ya en la orilla se acercó a la ostrita, con cautela para no asustarla y que no se cerrase nuevamente sumiéndolo en la oscuridad.

Lento y precavido, Beto trató de mirar profundo dentro de ese ser capaz de haber producido tal belleza, y cual fue su sorpresa al ver al fondo de ella, oculta tras las otras dos, una perla más pequeñita que ninguna que hubiese visto antes, pero tan magnífica como la más brillante y perfecta hecha por la naturaleza.

Oculta en el fondo de la ostrita emanaba no solamente la luz más suave que había visto sino que también el calor que sentía abrigar su cuerpo aterido.

- Hermosos tesoros tiene usted, doña ostra, finalmente se atrevió a pronunciar Beto.

- Hermosos tesoros, dices bien mi verde visitante. Son mi solaz. Las llamo Fe, Esperanza y la más pequeña Voluntad. Día a día las formo dentro de mi. Y así iluminan y calientan mis noches solitarias. Acompáñame esta noche, contémplalas tranquilamente y podrás guárdalas en tu memoria.

Beto no supo cuanto tiempo pasó mirando extasiado, finalmente la luz del amanecer hizo que la ostrita adormilada se cerrara nuevamente. En ese mismo momento la ranita tomó una decisión, volvería a su orilla a contarles a los demás de su descubrimiento y regresaría a acompañar a la ostrita junto con aquellos que quisieran aprender sobre el secreto de la luz al otro lado de la laguna. No estaba seguro cuantos le seguirían pero se prometió asimismo paciencia, la paciencia de la ostra para forjar esos tesoros.

- El que no arriesga no cruza la laguna recordó para sí. Aspiró profundo y se zambulló de vuelta a su orilla.

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