Muy buenas tardes a todas y todos los presentes.
Mis primeras palabras deben ser de reconocimiento y
agradecimiento a aquellos que hicieron posible que estuviéramos aquí, a los
organizadores de esta escuela sindical, a quienes nos hicieron clases y
talleres, a aquellos que participaron en labores de soporte administrativo, a
quienes nos tuvieron un café caliente antes de entrar a clases y a quienes se
encargaron del orden y aseo de las salas. Todas esas son manos trabajadoras que
nos apoyaron en esta etapa de aprendizaje y toma de consciencia.
El trabajo que hacen las escuelas sindicales es de la
máxima importancia para el desarrollo sustentable de nuestro país. En estas
mismas aulas donde se formaron y forman abogados, jueces, parlamentarios,
presidentes como también miembros de grandes directorios de empresas y
empresarios, deben formarse los grandes dirigentes sindicales que el país
necesita.
Vivimos en un país con una economía hiperconectada,
extremadamente dependiente de los vaivenes internacionales y en una perpetua
vía al desarrollo. Un desarrollo que ha sido en base al trabajo y sacrificio de
los millones de trabajadores de Chile. Solo basta hacer mención que esta
economía solo fue posible gracias al ahorro de todos nosotros y nuestros padres
en las AFP.
Vengo de familia nortina, minera, con olor a caliche y
cobre. Donde se hablaba del pago en fichas y de pulperías. Del trato diferente
entre “gringos” y chilenos (que ahora llamaríamos discriminación), pero que
conocí también en mis inicios laborales entre contratados y subcontratados por
allá por los 90. Y que aún subsiste, como si existiesen trabajadores de primera
y segunda clase, comprobado a través de los relatos de mis compañeros y
compañeras presentes de rubros tan diversos como salud, retail, callcenters,
seguridad, aseo de jardines entre otros.
Si queremos un país desarrollado, este desarrollo debe
ser más que económico, más que estadístico, citando un verso de Nicanor Parra -
“Hay dos panes. Usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio: un pan por
persona”. Ese tipo de estadística creo
que no nos sirve, pues este desarrollo debe incorporar a todas las personas
desde la perspectiva de su dignidad y no solo de su capacidad productiva o de
consumo.
Nuestra sociedad ha cambiado,
las nuevas generaciones son radicalmente diferentes a nosotros y a nuestros
padres, este país es muy diferente de hace 40 años atrás, de hecho es muy
diferente de hace 5 años atrás. Estos cambios deben ser percibidos por los sindicatos
y movimientos de trabajadores.
La estadística en materia de
tasa sindicalización de los últimos siete años muestra un sostenido aumento de
la sindicalización. Entre 2014 y 2017, la tasa de
sindicalización subió en 4,7%, situándose en 20,9%” (Fuente Informe Consejo Superior Laboral). La incorporación de la
generación milenial al mundo laboral, el aumento y empoderamiento de la fuerza
laboral femenina y la llegada de los migrantes, traerán cambios estructurales a
la economía, a las empresas y a los sindicatos.
La generación milenial tiene
acceso total a la información, son hiperconectados, con una capacidad de
comunicación y coordinación mayor, asimismo la fuerte entrada de las mujeres al
mundo laboral ha implicado cambios conductuales y de gestión que a los hombres
aun nos cuesta asimilar. Los milenials y las mujeres trabajan mejor
colaborativamente, toman decisiones de otra manera y priorizan la familia y el
tiempo propio sobre el tiempo en el trabajo. Conductas que antes eran
consideradas “normales” dentro del ámbito laboral, ahora están fuera de lugar, incluso
algunas tipificadas en los reglamentos internos de las empresas como acoso, sea
sexual o laboral.
Los trabajadores migrantes constituyen uno de los grupos
de mayor vulnerabilidad desde perspectivas tan variadas como la social,
lingüística y laboral, dimensiones que los sindicatos deberán ser capaces de
incorporar en su estructuras, a través de acciones que permitan derribar
prejuicios instalados en nuestra sociedad y que entendamos que las
oportunidades laborales deben ser para todos los habitantes del territorio, sin
distinción de origen, color o raza. Estos hombres y mujeres que migran lo hacen
en búsqueda de mejores oportunidades y con escaso y muchas veces pobre
equipaje, pero traen consigo la riqueza de su cultura y su experiencia social y
sindical. Un país inclusivo es un país donde debe haber lugar para todos.
Nos enfrentamos a una época
extraordinaria, que requerirá de líderes sindicales extraordinarios y extraordinariamente
preparados, que puedan pararse de tú a tú en una negociación colectiva con los
estamentos gerenciales de las compañías y con las habilidades para encantar y
motivar a más trabajadores a sumarse a sus organizaciones, dejando atrás
temores y desesperanzas aprendidas.
Para finalizar quisiera traerles
a la memoria una película para niños, que creo que muchos habrán visto con sus hijos
o con sus padres los más jóvenes. Y no sería malo volverla a ver, pero con
otros ojos. Me refiero a la película “Bichos”, que es la historia de unas
hormigas atormentadas por los saltamontes que las explotaban robándoles la
comida que juntaban con su trabajo.
De ella quiero rescatar el
siguiente dialogo:
Dice el Saltamontes, -“Las
ideas son muy peligrosas para ustedes, solamente son unas perdedoras, vinieron
a la tierra a servirnos”.
A lo que Flick, la hormiga
protagonista responde – “Te equivocas, […,] estas hormigas han logrado grandes
cosas y año tras año se las han arreglado para cosechar comida para ellas y
ustedes, ¿Cuál? ¿Cuál es la especie más débil? […,] ustedes nos necesitan,
somos más fuertes de lo que ustedes creen y les consta. ¿No es cierto?”.
Yo creo que si es cierto.
Muchas gracias a todas y todos,
por la oportunidad de estudiar con ustedes y conocerlos.

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